09 enero 2014

El Hachiko boliviano

Cochamamba, Bolivia

Una historia muy triste pero maravillosa que muestra el amor y fidelidad de un perro a su dueño. El animalito perdió a su dueño hace cinco años y todos los días lo espera sentado en el lugar donde este murió. 

 

 

¿A quién no se le acongojó el corazón cuando vio la película que narra la historia de Hachiko, un perro japonés, que murió esperando el retorno de su amo, frente a una estación de trenes, de donde no se movió por nueve años? En Cochabamba existe una historia similar y la conmovedora fidelidad de un perro de raza criolla logró unir a vecinos y comerciantes de un barrio, en la zona noreste de la ciudad. 



Una vendedora de periódicos llamada Aida es la testigo principal de esta historia, desde el principio. Ella cuenta que hace cinco años, desde su puesto de trabajo en la jardinera de la avenida Papa Paulo y Aniceto Arce, solía ver a un perro correr todos los días detrás de una motocicleta conducida por un joven universitario que le gritaba que se fuera a casa. El can lo seguía unas dos cuadras y luego retornaba a su hogar. 



Una mañana, la motocicleta del universitario fue embestida por un taxi, enfrente del puesto de la vendedora de diarios. El perro aullaba, como clamando auxilio para su amo desvanecido en la calzada. Una ambulancia se llevó al joven, pero lamentablemente murió en el trayecto al hospital. Desde ese día y por los últimos cinco años, el perro se quedó en la jardinera de la avenida Papa Paulo casi Aniceto Arce, esperando el retorno de su dueño. 



La familia del universitario intentó llevárselo a casa, pero el can huyó y se niega a moverse del lugar donde murió su amo. Martha García, que ayuda en la venta de periódicos hace cuatro años, corrobora la historia y añade que varios vecinos intentaron convertir en su mascota a Hachiko, como lo bautizaron en la calle, pero él no se mueve. 



"Da pena porque llora por horas en la jardinera, unos turistas norteamericanos se enteraron de la historia en el mercado y querían llevárselo, pero como si supiera, Hachiko nunca se dejó agarrar”, narra. 


Sus orejas llevan las huellas de los ataques de otros canes, tienen varias cortaduras y cicatrices. Pero lo que en verdad conmueve, a propios y extraños, es la tristeza de su mirada.

Comerciantes y vecinos se encariñaron con él, lo alimentan, le dan agua, se preocupan cuando se enferma y hace poco, cuando un vehículo lo golpeó lastimándole una de sus patas, regañaron al chofer e hicieron una colecta para llevarlo al veterinario. Todos están pendientes del perro y se ha convertido en parte de la vida, de la cotidianeidad del barrio. Ha hecho que los vecinos se conozcan mejor y que se tiendan lazos de solidaridad entre ellos. 




Fuente: Diario La Provincia - San Juan