03 marzo 2015

El Perro Polar Argentino



Cuando alguien habla de "la raza de perros argentina", normalmente todos pensamos en el Dogo Argentino, raza creada por el médico cordobés Antonio Nores Martínez.

Pero todos se olvidan que hubo otra, creada algunos años antes, que acompañó al hombre argentino en una de sus aventuras más importantes, que le dio su apoyo, su calidez y su entrega y a la cual, con la desidia que nos caracteriza como nación (y posiblemente como especie) dejamos morir sin un gemido como si nunca la hubiésemos conocido. Esa soberbia raza se extinguió por nuestra culpa, y hoy se ha ido para siempre sin dejarnos más que su recuerdo.

Una de las razas argentinas hoy completamente extinta fue el Perro de Pelea Cordobés, utilizado en las peleas de perros durante mucho tiempo. La base genética del Cordobés provenía del Bull Terrier, y se habían exacerbado las características agresivas para obtener un perro fuertemente agresivo hacia los demás perros. La extinción del Cordobés se debió a dos factores: primero, a la espantosa mortandad que provocaban los combates, y, en segundo lugar (pero tal vez el motivo más importante) es que los ejemplares eran tan violentos que al intentar hacerlos reproducir, el macho y la hembra intentaban asesinarse mutuamente en lugar de aparearse. La supervivencia de semejante raza, como se comprende, era prácticamente imposible.

Pero el ser humano ha contribuido a la extinción de otra raza argentina, no por su agresividad, no por degeneraciones genéticas y ciertamente no porque careciera de las ventajas evolutivas necesarias para sobrevivir.








Extinción del magnífico Perro Polar Argentino.

 

Desarrollada por enfermeros veterinarios del Ejército Argentino pensando en dotar a los miembros de las expediciones antárticas argentinas y a los habitantes de nuestras bases de un compañero recio, inteligente, afectuoso, eficaz y trabajador, incansable y provisto de un enorme y enconmiable espíritu de sacrificio, esta raza era, en todos los sentidos, productora de los mejores perros de trabajo que jamás se vieron por las tierras australes.

En el origen del Perro Polar Argentino se encontraban varias de las principales razas árticas de trabajo: se lo desarrolló a partir del Husky Siberiano, del Alaskan Malamute, del Groenlandés y de Spitz Manchuriano. La formación y estabilización de las características de esta raza insumió la friolera de 31 años de trabajo a cargo de un equipo de más de treinta suboficiales enfermeros veterinarios militares, entre los que se recuerda a Héctor Martín y a Félix Daza Rodríguez.

El Polar Argentino era un perro de respetable tamaño, que llegaba a pesar 60 kilos en los machos y 52 en las hembras. Estaba poderosamente blindado contra el frío: tenía el pelaje dividido en tres capas (lana, pelo y subpelo), con una capa de grasa subcutánea de 2 cm. de espesor que lo aislaba del ambiente. Eran impresionantes animales de tiro, con una capacidad de tracción que duplicaba la de cualquiera de las razas de las que descendía, con increíbles registros de resistencia y velocidad. Un tiro de 11 perros polares argentinos era capaz de arrastrar un trineo cargado con 1,1 toneladas a 50 km/h en terreno llano y a 80 en terrenos de 45° de inclinación durante 6 horas ininterrumpidas.

Los 70° bajo cero constituían para ellos una temperatura normal de trabajo, y cuando la base soviética Vostok registró el récord mundial histórico de frío (89,3° bajo cero) los perros polares argentinos se encontraban allí de visita y jadeaban tranquilamente en ese frío capaz de congelar el aliento.

Los Polares se alimentaban una sola vez al día (el doble que los Huskies siberianos), pero igualmente su mantenimiento era incomparablemente más barato que el gasoil de los tractores, que por supuesto no rendían las mismas prestaciones que los perros. Ni siquiera era necesario darles de beber, ya que solventaban sus necesidades de agua ingiriendo hielo.

Uno de los peligros más importantes en las travesías antárticas son las grietas, no importa si se utilizan trineos de perros o tractores orugas. Pues bien, entre las soberbias capacidades del Perro Polar Argentino se contaba la de "detectar" u "olfatear" (el mecanismo íntimo continúa sumido en el misterio, y los animales no están aquí para estudiarlos) las grietas, evitando los accidentes y salvando vidas humanas que de otra forma se habrían perdido (recuérdese el luctuoso accidente de hace unos meses que costó la vida a un soldado y un científico). Uno de aquellos perros, llamado "Poncho" —entrenado por el teniente Oscar Sosa— se destacó de tal manera en este aspecto que, a su muerte, el sacerdote Juan Ticó embalsamó su cuerpo, el cual se conserva actualmente en la ciudad argentina de Ushuaia.
   

Eran capaces de intuir o predecir las tormentas, ayudando a evitar salidas fallidas; no perdíanr la orientación jamás, ni siquiera en medio del temporal más espantoso; se especializaban en encontrar a hombres o vehículos perdidos (lo que los convertía en excelentes rescatistas), y su capacidad para transitar terrenos cuya escasa solidez nunca hubiera soportado el peso de los tractores-oruga era una virtud inapreciable.

El caso particular de "Poncho" fue muy especial, porque pudo guiar con seguridad y por el camino más rápido a un equipo de rescate que buscaba a los tripulantes de un avión estrellado. Así, los aviadores pudieron ser extraídos de los restos del aparato más rápida y seguramente de lo que lo hubieran sido si no hubieran existido los perros polares argentinos.

La utilidad última del Polar Argentino, el último sacrificio que era capaz de hacer por sus amos y amigos, era el hecho de que podía servir de alimento en casos de muy extrema necesidad. Más de una vez —sobre todo en las primeras expediciones de principios del siglo XX—, los exploradores debieron comerse a algunos de sus perros o sacrificar a algunos de los del tiro para que los demás comieran y poder llegar a destino.

Pero independientemente de todo ello, los habitantes de las bases antárticas argentinas con cierta antigüedad recuerdan con cariño y devoción a sus perros desaparecidos porque —como tampoco podrían hacerlo los tractores— representaron para ellos y a lo largo de décadas, inagotables fuentes de amor, afecto, abrigo y compañía en las largas, interminables noches polares en plena soledad.

Ante semejantes y excelentes prestaciones, nos preguntamos: ¿por qué se extinguió el Perro Polar Argentino? ¿Cómo permitimos semejante cosa?

Para conocer la explicación, hay que referirse al entrenador de perros y experto argentino Sergio Grodsinsky, que ha sido el único que ha escrito sobre el tema y a quien consideramos la máxima autoridad sobre el particular.

En agosto de 1991, los países con presencia en la Antártida se reunieron en Madrid para redactar y aprobar el Tratado Antártico de Protección del Medio Ambiente (TAPMA). El TAPMA, según Grodsinsky, "impulsó entre otras ‘cositas` impedir hacer reclamaciones territoriales hasta 50 años después y compelió a ‘preservar el ecosistema" aludiendo pretextos proteccionistas". Afirma el experto que el TAPMA dispuso expresamente el retiro de los perros polares del territorio austral, estableciendo que el 1° de abril de 1994 no podía quedar ninguno en el continente entero. Si alguno no hubiese podido ser evacuado, tendría que ser sacrificado.

Pero...¿por qué? Porque una institución denominada Scientific Commitee on Antartic Research ("Comité Científico de Investigación Antártica") dictaminó en la reunión madrileña que los Perros Polares Argentinos "transmitían el moquillo a las focas" (¿?), que "depredaban las pingüineras" y que "albergaban en su pelaje parásitos capaces de alterar el equilibrio ecológico de la Antártida". Tal sarta de argumentos es calificada por el experto argentino de la siguiente manera: "No hay mito ni leyenda que encuentre oposición cuando la superstición viene del `Primer Mundo`, es `moderna` y se autoproclama `científica`".

Analizaremos, siguiendo a Grodsinsky, los falaces y seudocientíficos argumentos del citado Comité:

La enfermedad de Carré (conocida comúnmente como distemper o "moquillo canino") no se transmite a las focas ni a ninguna otra especie aparte de Canis lupus. Así como nosotros no podemos transmitir nuestra gripe a un gato o un perro, el cánido no transmite el moquillo a la foca. Es cierto que estos pinnípedos tienen su propia versión del moquillo, como la tienen los gatos (panleucopenia felina) y los monos (catarro de Fisher), pero son provocadas por diferentes virus, ineptos para infectar a otra especie que a sus huéspedes natural.

Tanto la base argentina General San Martín (al sur del Círculo Polar Ártico) como la base Esperanza, ubicada en el extremo norte de la Isla Trinidad, las dos en las cuales moraban los perros polares argentinos, siempre vacunaron a sus animales contra el moquillo. Y los vacunaron bien. Esto significa: dos dosis al cachorro y un refuerzo anual para los adultos, aplicado sin falta todos los años. Esta revacunación anual en la hembras gestantes impide también la aparición de la enfermedad en los ejemplares neonatos. Las expediciones argentinas sin base permamente siempre estuvieron obligadas a seguir el mismo plan de vacunación.

Por último, desde que los primeros perros polares argentinos pusieron sus fuertes patas en el continente blanco por primera vez (1951) hasta la expulsión del TAPMA (1994), nunca se declaró, denunció ni documentó un caso de moquillo entre los ejemplares argentinos. A fuer de ser sinceros, tampoco en los animales de otras razas pertenecientes a bases extranjeras. Nunca, jamás, en ninguna base de ningún país se detectó moquillo. Es una enfermedad que jamás existió en el continente antártico.

Por el contrario, las únicas patologías caninas presentes en las bases argentinas consistieron en parasitosis y dermatitis producidas en los perros por picaduras de piojos y pulgas... ¡transmitidos a los perros por focas y pingüinos!

Con respecto a los perros "depredadores de pingüinos", hace falta señalar que, una vez más, se trata de una falacia. No es imposible que alguna vez un perro haya matado a un pingüino, pero corresponde decir que la superpoblación de los pingüinos, depredadores del krill ellos mismos, produce graves enfermedades por hacinamiento. Esta superpoblación de aves jamás podría verse afectada por uno o dos ejemplares que se escaparon de sus bases a lo largo de toda la historia.

Respecto a las focas, resulta directamente ridículo imaginar a un perro de 60 kilos atacando y matando a una foca de 500 o 600 kilos. Si alguna vez un perro argentino devoró a una foca, fue porque encontró su cadáver en la costa, ya que las vivas huyen de los depredadores terrestres zambulléndose (siendo que el buceo es una de las pocas capacidades que el Perro Polar Argentino nunca logró desarrollar).

Por último, si los perros argentinos eran "una especie exótica" que "desequilibraba el ecosistema antártico", exactamente lo mismo puede decirse de los seres humanos, incluidos los "científicos" que decidieron la expulsión de los cánidos. Por no hablar del hecho de reemplazar a los perros por tractores a gasoil, que, además de liberar gases de efecto invernadero, contaminan la Antártida con los malolientes y untuosos desechos de la combustión de hidrocarburos y los cambios de lubricantes.

Finalmente, el especialista argentino se hace una última pregunta capital: si se han prohibido los perros en la Antártida pero no en el Polo Norte: "¿Por qué los perros en el Ártico no contagian a la focas?".

La Argentina, como firmante del Tratado Antártico, no quiso denunciarlo y se sometió mansamente a la obligación de retirar a sus perros, dejando claramente asentada, sin embargo, su posición mediante el voto en contra.

Así, pues, los 56 ejemplares que la nación mantenía en la Antártida se dispusieron a ser evacuados a Tierra del Fuego antes de que se cumpliera la fecha límite del tratado.

Pero, ¡ay!... considérese que los perros polares argentinos llevaban 43 años siendo criados en la Antártida, generación tras generación, sin contacto con perros provenientes de fuera y, lo que es más importante, sin contacto con los gérmenes patógenos normales en los perros. La conclusión es que habían perdido toda inmunidad orgánica.

De la primera tanda de 30 animales llevados a Ushuaia, 28 murieron en brevísimo lapso, víctima de enfermedades para las cuales cualquier perro callejero se encuentra inmunizado naturalmente. Los dos ejemplares sobrevivientes de aquel grupo no tuvieron ninguna posibilidad de reproducirse... porque ambos eran machos.

El segundo embarque (26 ejemplares) también sufrió los rigores de bacterias y virus para los que no estaban preparados, cayendo víctimas de una espantosa mortandad. Los pocos sobrevivientes (animales tal vez más fuertes que sus compañeros) fueron dispersados y desperdigados en manos de distintos propietarios adoptivos, ubicados muy lejos unos de otros. Incapaces de reproducirse entre ellos, los perros polares argentinos se cruzaron con otras clases de caninos, y su fuerte y extraordinaria genética se diluyó en la población canina de Tierra del Fuego, extinguiéndose de este modo esa portentosa raza argentina.

Así, la emigración obligada por una ley basada en mentiras, logró lo que el hostil ambiente del invierno antártico, el hambre, la soledad, el trabajo a destajo, los vientos brutales y el frío asesino nunca hubiesen conseguido: privar a nuestros hijos y nietos del placer de la compañía de este soberbio y desventurado perro criollo.





Tal vez alguien, en un futuro cercano, reproduciendo los cruzamientos de aquellos tesoneros veterinarios militares, pueda reproducir las cruzas que ellos hicieron y lograr, con cuidado, respeto y cariño, que el hermoso y orgulloso Perro Polar Argentino vuelva a caminar y tirar alegremente de los trineos, si no en la Antártida, al menos en las dilatadas tierras de la Patagonia Argentina.



Fuente: Revista Axxón / Marcelo Dos Santos


Ver también :  "Poncho" por Emilio Urruty