26 marzo 2013

Ley de Perros-Guía

Perros-Guía: Buscan en Argentina el lugar que ya se ganaron en otras partes del mundo. 

Más de 10 mil personas empujan en Facebook una ley para que les permitan ingresar con sus dueños a todos lados

Los perros lazarillos son todo para sus dueños. Porque ambos forman un binomio casi inseparable, sobre todo en la calle y otros espacios públicos. La importancia que tienen para las personas ciegas es comprendida en países como Estados Unidos, Canadá o España, donde hay escuelas que entrenan perros de varias razas para convertirlos en guías. Es más, la semana pasada, el Papa Francisco permitió ingresar a una sala del Vaticano a un periodista ciego junto a su perro. Y hasta los bendijo a los dos.

En Argentina, los dueños de perros lazarillos tienen sus días un poco más difíciles. Es que aquí no hay escuelas que entrenen esta clase de perros y no hay una ley nacional que los habilite a ingresar con el animal a todas partes. Como resultado, solo 32 personas cuentan con un perro guía en el país, según la Federación Argentina de Instituciones de Ciegos y Ambliopes (FAICA).

Para conseguir un perro guía hay que viajar a Estados Unidos o Canadá, entrenarse junto a él durante un mes en alguna de las instituciones que los donan y luego traerlo al país. Los costos del viaje deben ser afrontados por el futuro dueño. Pero en general, en instituciones como Leader Dog, Guiding Eyes for the Blind, Eye Dog Foundation for the Blind, Guide Dog Foundation o Guide Dogs of America, el alojamiento y la capacitación no se cobran.

“Primero existe un período de adaptación de seis meses entre el perro guía y su dueño. Recién al año se forma lo que llamamos el ‘binomio’ entre perro y usuario, o sea que lleva un largo período hasta que se da la confianza y entrega absoluta”, cuenta Ana Bravo, quien fue la segunda persona ciega en acceder a un perro de este tipo en Argentina. Nali, la labradora que la acompaña desde hace tres años a sol y sombra las 24 horas de cada día, la ayuda a sortear las dificultades de accesibilidad que le impone la ciudad.

En sus años con perros guía (antes tuvo otra labradora, Mia, durante trece años), Ana debió enfrentar la prohibición de entrar en comercios y espacios públicos por el hecho de estar acompañada por un animal. Las cosas mejoraron a partir de algunas ordenanzas, como la resolución 31/04 (emitida por la Secretaría de Transportes de la Nación) que permite que los perros lazarillos accedan a los trenes.

Pero aún queda pendiente una ley nacional. Si bien la Argentina firmó la “Convención Sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad”, que en el artículo 9 garantiza “accesibilidad humana con animales de servicio”, la ley nacional de perros guía aún no se sancionó, a pesar de haberse debatido en la Cámara de Diputados en agosto de 2012. Las organizaciones civiles de personas ciegas sostienen esta lucha y esperan la ley que les avale el acceso sin trabas a espacios públicos y privados. La causa pegó fuerte en las redes sociales: en Facebook, el grupo Logremos la Ley Nacional de Perros Guías en Argentina cuenta con más de 10.000 miembros.

Inseparables. Día tras día, Ana se mueve por la Ciudad de Buenos Aires confiada en los ojos de Nali, su perra guía.
“Con el bastón uno se choca con las cosas que el perro guía elude. Pero con Nail funcionamos de a dos. Ella evita los obstáculos y yo le pido que me marque el cordón cuando llegamos a la esquina”, explica Ana.
Ana es la coordinadora de la Sub Comisión de perros guía de la FAICA y ya asesoró a decenas de personas con discapacidad visual sobre los beneficios de contar con un perro guía. Desde su lugar, organizó la mayoría de los viajes a la escuela Leaderdog, de Michigan, Estados Unidos, donde entrenan y donan estas mascotas especiales.
“Siempre fui de animarme. Por eso, antes de tener un perro guía, usaba el bastón lo menos posible, aunque sabía que era indispensable para poder andar por la ciudad con libertad”, confiesa Ana. Quizás, esa audacia la incentivó a dejar el bastón, para confiarse a los ojos de un perro guía.


Fuente: Marina Corbata y Priscila Hernández/Sociedad/ CLARIN