27 diciembre 2010

Caballos

*Click sobre la imagen p/agrandarla

Jocketa argentina  Lucrecia Carabajal
Nota en "La Nación" Revista.  26/12/2010

Vacunación

El cachorro está protegido por los anticuerpos contenidos en el calostro de la madre. Por lo general, la primera vacuna es contra la parvovirosis, que puede administrarse a partir de la sexta semana.

Si se trata de razas como Rottweiler, Husky, Dobermann o Golden, es posible colocar la primera dosis antes de los 45 días, debido a que estas razas son muy susceptibles a esta enfermedad.



Las demás vacunas se efectúan sobre los dos meses y medio, para evitar la enfermedad de Carré (también llamado moquillo) , la hepatitis, la parvovirosis y la leptospirosis, además de la llamada tos de las perreras, un síndrome respiratorio infeccioso y contagioso.

17 diciembre 2010

Borges

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía,
me dio a la vez los libros y la noche.

(“Poema de los dones” en  El hacedor)    J.L.Borges



                        Borges en L'Hôtel, París (1969). Lugar donde murió Oscar Wilde

11 diciembre 2010

J.Cortázar

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda (o cambiarle la pila*) para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

(*) Nota del E.

09 diciembre 2010

02 diciembre 2010

Este ciclo



Vergeles salvajes colman
con policromías naturales,
sus orgánicas morfologías.


Briznas emanan
aromáticas brisas,
que sin prisas susurran
sus melódicas armonías...
¡Gloria a la vida!...


Vertederos parajes colman
con monocromías artificiales,
sus geométricas morfologías.


Industrias desprenden
fatídicas brisas,
que con prisas susurran
sus caóticas malavidas...
¡Gloria a la muerte... muerte a la vida!


Quemando lo fértil,
mutilando espesura,
saqueando hermosura,
creando basura.


Quebrando lo frágil,
con ágil destreza,
construyen riquezas,
destruyen bellezas.


Flagelo divino,
¡Fulmina lo indigno!
¡Ilumina lo digno!
¡Culmina este ciclo!



Carn Edeluz

25 noviembre 2010

"El bote"

                                                                    Roman La Brando


Nada, arriba no había nada, solamente el cuadrado del cielorraso descolorido y descascarado; pero nada más. No lo que esperaba ver. Ese sonido lo tenía obsesionado, puntualmente obsesionado. Y claro, siempre a la misma hora (23:16) desde hacía casi un mes.       

       Era un sonido seco, como el de un golpe dado con un mazo de madera. No demasiado fuerte, pero audible aún con la radio encendida, que permanecía todo el día en la misma estación de música clásica.

       Su imaginación le decía que ese ruido provenía de un bote, un viejo bote que intentaba meter su proa en el techo. Pero arriba del cielorraso había una losa y sobre ésta cuatro pisos más de míseros departamentos, todos como el suyo.

       Hacía ya dos meses que no trabajaba. Había abandonado su empleo; se dijo a sí mismo que debía tomarse vacaciones, que estaba cansado de la rutina y de toda esa gente que le hacía preguntas continuamente. Como tenía suficientes ahorros para mantenerse por dos o tres años, no le preocupaba demasiado el no tener ingresos. Y era un tipo que no gastaba mucho; hacía sus compras en el mercado y cocinaba para él y para el pequeño gato que un día había entrado por la ventana y se había quedado hasta ahora.

        Lo del bote le venía a la cabeza por una vez (única) que estuvo en uno e intentó remar; el bote se le iba contra el muelle y hacía ese sonido. El mismo que ahora escuchaba todos los días a esa hora, a las 23 y 16.

   

        Se levantó y vistió despacio como lo hacía siempre. Fue al baño, se lavó la cara y cepilló los dientes. No se bañó, se duchaba una vez por semana; no tenía agua caliente y calentar la olla en el anafe le resultaba tedioso. Abrió la heladera, sacó un sachet de leche, lo miró… buscó la fecha, Jul-19-05. Estaba bien –se dijo a sí mismo–. Echó un poco en un pequeño bol de acero inoxidable.
         
       —¡Misss… misss… missss...!

       Puso la pava a calentar, preparó el mate y subió el volumen de la radio. El gato levantó la cabeza, los bigotes mojados de leche, se sacudió y dijo:

       —¡No, Dvorak otra vez...! dígame hombre, ¿por qué no cambia de radio...?
       —Disculpa gatito, pero estás equivocado, no es Dvorák, es Ligeti, nada que ver con el checo.

       —Bah, a mí me suena igual. A propósito… la leche está un poco agria, ¿vio la fecha de vencimiento
       —Sí, sí… está bien, vence el 19 y hoy es… hoy es… ¿hoy qué día es?
       —No sé, creo que viernes, fíjese en el almanaque que está en la heladera.
       —Ahá… viernes 22 de Julio de 2005. Está bien, pero no es para tanto…, si no la quieres no la tomes.



       Salió a la calle, sintió en su cara el viento suave y fresco. Caminaba despacio, despreocupado, mirando todo. Observaba los árboles, las veredas, las ventanas, como si fuese la primera vez que veía ese barrio, el camino hacia el parque lo había hecho tantas veces... Cruzó la calle y al llegar a la vereda percibió un resplandor; junto al cordón vio algo que brillaba y se agachó. Era una moneda, y parecía de oro. ¡De oro! La observó detenidamente; en una de sus caras tenía un grabado como de una embarcación y del otro lado unos extraños símbolos y un nombre : Khárôn.

        Miró hacia todos lados y guardó la moneda en un bolsillo. La tomó nuevamente y la puso en otro pero la dejó en su mano fuertemente cerrada. Presuroso volvió sobre sus pasos y se dirigió al departamento. Al llegar a la puerta de calle antes de colocar la llave observó recelosamente a su alrededor. Abrió despacio, caminó por el pasillo hasta el fondo, miró hacia atrás, abrió la puerta de su departamento y entró. Cerró con dos vueltas de llave y con un pequeño pasador que casi nunca usaba porque estaba atascado con las sucesivas manos de pintura.


       —¿Ya de vuelta hombre, qué le pasó...?
       —No, nada gatito, nada… Solo que vine antes porque tenía un poco de frío. Eso es todo.



        El gato lo observó un instante y luego volvió al sillón donde pasaba la mayor parte del día. El hombre se quitó el gabán, se sentó en una silla y abrió su mano. La moneda le pareció más pequeña y pensó:

       —Es de oro… sí, debe valer…, sí bastante…, debe pesar…, es antigua sin duda…
   

       Miró nuevamente el grabado; un pequeño barco de un lado, del otro Khárôn y unos símbolos: MCI. ¿M C I? ¿Serían números romanos? ¿Mil ciento uno? O serían letras MCI… MCI, casualidad, eran sus iniciales. Mario César Inchénitu.

       Y se quedó pensando... Le vinieron imágenes de cuando era niño; mamá sonriendo... papá contento, papá enojado. Risas, festejos.... ruido de pirotecnia, papel picado. Imágenes multicolores. Luego andando en bicicleta, en moto... en el auto del tío. La vecinita de al lado de casa, el primer beso... un versito escrito con lápiz y un corazoncito rojo... rojo. Después bailando en las fiestas de quince años. Una mano suave y tibia... una mirada y un beso diferente, ardiente, inesperado. Después le vinieron otras imágenes, mujeres, juegos de cartas, una iglesia y un cura. Una calesita, un bebé que le sonreía…


       Se fijó en la hora, eran las once y cuarto de la noche. Qué barbaridad, cómo se había pasado la tarde; claro, ensimismado con la moneda no se había dado cuenta. El gato bajó del sillón y le dijo:

       —Lo he notado algo extraño desde que llegó… a propósito ¿qué es eso que tiene en la mano que mira continuamente?
       —Eh... nada nada, no tengo nada en la mano… ¿ves?    
       —Ah, sí... ¿y en la otra mano?


(Quiso esconder la moneda, no sabía dónde y girando un poco la cabeza se la metió en la boca). Le mostró la otra mano.
 

       —¿Ves ahora que no tengo nada? 

        En ese momento se escuchó un ruido seco. El sonido ese. ¡Ese! El gato lo observó de manera extraña, con sus ojos amarillos esta vez más grandes y fijos, susurró:

       —Es la hora, lo vienen a buscar.




                                                       •••••

20 noviembre 2010

Si un día...

Si un día fuera al revés,
llegara la muerte antes
toda la vida después.
Es así, quien lo dijera
que no hay hora más exacta
que la de un tiempo cualquiera.
Mi destino ya se fue
quiero vivir el recuerdo
del hombre que no seré.


Sin



Artificiales almas electromagnéticas
crujen por sentir.
Emergen por doquier,
intentándose transmitir
en falsas telepatias…
Son patéticas.

Espectrales cyber-egos
flotan mudos por retinas secas 
de cráneos huecos,
casi adoquinados.
Masificados zombies robots
sólo son portadores de ecos plastificados.
Vibrando al son del ritmo de la moda, 
como las ratitas de Hamelin,
en un ciclo sin fin.

Atrapados van,
sin sentido.
Sin sentir.
Sin latido.
Sin vivir.

                                  Carn Edeluz

16 noviembre 2010

"La Caja"

                                                                                     
                                                                                                     Roman La Brando

–Eh… hola.
Sí, qué tal… buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo?
 

–Eh… estoy buscando una caja. –¿Una caja?mmm... ¿y por qué 
ha venido aquí? Aquí no vendemos cajas.
 

–Eh… sí, no, eh… mejor dicho ya sé. Ya sé que no venden cajas, 
pero yo no quiero comprarla, solo dije que estaba buscando una caja.
Bueno, de cualquier manera, acá no hay cajas.
 

–Eh… disculpe, ¿acá es la Central de Mitos Universales?
–Efectivamente, acá es.

–Eh… bueno, entonces no estaba equivocado. Yo soy el que está 
buscando“la” caja.
Bueno, hubiera empezado por ahí… ya se la alcanzo, y a  
propósito ¿trajo en qué llevarla?
 

–Eh… ¿es muy grande?
No, muy grande no es, más bien pequeña, pero bastante pesada.

–Eh… ¿cómo cuánto diría Ud. que pesa?
Algo así como 20 kg.

–Eh… bueno, no hay problema, la puedo llevar al hombro.
Pero al hombro…¿va a aguantar el calor?

Eh… ¿calor? ¿está caliente?
Y sí, está bastante caliente, imagínese que el contenido no está
 precisamente frío, jajajaja.

–Eh… pero, yo creía que la caja estaba vacía.
–¿Vacía,vacía? ¿Y para qué serviría una caja con lava del infierno
 vacía? sería solamente una caja, como cualquiera.

–Eh… bueno, ¿y cómo hago para llevarla entonces?
Y bueno, tendría que haber traído algo en que llevarla, como una 
carretilla o algo así…

–Eh… entonces me voy ahora y volveré mañana, voy a ver si puedo 
conseguir prestada una carretilla.
De acuerdo, lo esperaré mañana. Si por casualidad no estoy, 
acuérdese de la clave, si no no le van a dar la caja.

–Eh… bueno, pero ¿qué clave..? A Ud. no le dí ninguna clave.
Perdón, ¿cómo dijo? ¿que no tiene la clave? ¿qué es lo que 
 quiere Ud. acá?

–Eh… yo, yo venía a buscar una caja, “la” caja… eh. Ud. me dijo 
que sí.
–¿Qué caja? Acá no tenemos ninguna caja, Ud. se debe haber 
equivocado de piso.

–Eh… perdón, ¿acá es la Central de Mitos Universales?
–¿Qué? Por favor señor, retírese que estoy trabajando, no me haga
 perder el tiempo. Ya le dije, debe ser en otro piso lo que Ud. está 
buscando. Buenas tardes.

–Eh… eh…

    

19 agosto 2010

El collar

De: “Los animales hablan” -1930 - Cuentos (Alvaro Yunque)




Esto ocurrió en el Chaco, en medio de la selva, entre talas y ñandubays tan altos que se hablan con las nubes:

Los monos, libres vivían alegremente, comiendo las frutas de los árboles. Pero un día, un mono grande y fuerte, reuniéndolos, les habló así:

—Yo soy el jefe de todos. Desde hoy, cada uno de ustedes tiene que usar esto.

Y les puso un collar de cuero en el que estaba escrito su nombre. Los demás monos se pusieron el collar y volvieron a los árboles. Pero no faltó mucho para que otro mono los reuniera y les hablase así:

—Monos, si me reconocéis a mi por jefe, en lugar de un collar de cuero usareis uno de plata. Miradlos como brillan y qué pesados son.

Los monos tiraron los collares de cuero y se pusieron los de plata. Pero cuando quisieron volver a los árboles, el nuevo jefe les dijo:

—¿Dónde vais? ¿A los árboles? ¡No! Ahora tendréis que trabajar medio día. Es preciso pagar.

Y los monos ya no pudieron volver libremente a gozar la felicidad de vivir a su arbitrio entre los árboles, subiendo por ellos hasta sentir la caricia de las nubes.

Algunos protestaron. El nuevo jefe los molió a golpes. Así pasó un tiempo. Y ocurrió que presentóse otro con pretensiones de jefe. Exhibió nuevos collares, collares de oro, de brillantísimo oro.

Y los monos, tirando sus collares de plata se pusieron los de oro y proclamaron al nuevo jefe.

Trabajaron el medio día, pero cuando quisieron volver a los árboles, el nuevo jefe lo impidió:

—¡No! El collar de oro no es lo mismo que el de plata. ¡Cuesta el doble! ¡Y es preciso pagarlo! ¡Hay que trabajar todo el día!

Algunos rezongaron y el jefe de los collares de oro, igual que el de los collares de plata, los molió a golpes.

Pasó un tiempo más largo. Los monos ahora sólo subían a los árboles de noche, pero tan cansados, que no podían gozar la antigua felicidad de trepar por ellos, saltar de rama en rama, mecerse cogidos por la cola... Les faltaba alegría para hacer esto.

Una mañana un grito de triunfo los despertó. Bajaron, vieron un mono grande y fuerte, y a sus pies, estrangulado, al jefe, el dueño de los collares de oro.

Los monos comenzaron a gritar.

—¡Viva! ¡Viva el nuevo jefe! 

Pero éste protestó:

—¡Yo no soy jefe! Si he matado al jefe es para que no tengamos ninguno. ¿Qué necesidad tenemos de jefe? ¡Volvamos a los árboles, a la libertad! ¿Qué necesidad tenemos de trabajar para pagar collares? ¡No usemos collares! ¡A ver, todos, venid! ¡Sacaos los collares y vamos a tirarlos al río!

Los monos protestaron. No quisieron deshacerse de los collares. Los hallaban bellos. Y volvieron a los árboles, a la antigua libertad, a la felicidad de comer los frutos que los árboles ofrecían pródigos, pero sin quitarse los collares de oro.

Transcurrió muy poco tiempo. Y pronto un nuevo jefe, enorme y fuertísimo, se presentó, amenazante. Y los monos se le sometieron y retornaron al trabajo, a la fatiga, a la tristeza.

Porque es fácil someter a seres que hallan bello su collar de oro.

Álvaro Yunque (1889-1992)

29 junio 2010

"El Tren" (título inevitable)

   
Escuchaba cada vez más cercano el sonido del tren. ¿Seguro que era el tren? No estaba seguro; parecía un tren, lo que se acercaba hacia él lo parecía por la vibración, por el sonido.


     Pero de repente… ¡nada! Silencio… silencio absoluto, absolutísimo. (Había sucedido otras veces). Sólo se oía el silbido del viento pasando, rasando los postes del cableado muerto y los pocos arbustos fantasmales. Era un lugar inhóspito, donde ni siquiera había vías de ferrocarril, ni caminos asfaltados, ni engranzados o mejorados, solamente pequeños senderos meándricos que comenzaban y terminaban en ningún lugar.


     Se quedó contemplando una diminuta lagartija gris de inmensos ojos que intentaba mover una piedra, en busca de humedad o de algo para comer. Con la punta de su bota derecha empujó la piedra para ayudar al reptil, pero éste huyó inmediatamente hacia un tronco seco, y ahí quedó, inmóvil.


     Sintió un temblor en el suelo… cada vez más fuerte, más fuerte. Y de nuevo aquel ruido. Se agachó, colocó una oreja sobre el pasto reseco y se apretó sobre la tierra. El temblor y el ruido en un crescendo insoportable.


     Justo en el momento de ahogarse con un horrible gusto a sangre y un profundo dolor en su cabeza, el frío del acero del riel en su cara lo hizo estremecer y al mismo tiempo tuvo un instante, un infinitesimal instante de alegría. ¡Tenía razón... era el tren!








Roman La Brando

12.70

 

    

Al final era cierto. Es decir, después de todo no me había mentido. Era realmente un desconocido para mí; me lo había dicho tantas veces... [A mí no me conocés ] que tenía razón. Ahora resulta que no le gusta el repollo, antes se volvía loco. [Mi amor, que rico el repollito mamita, muac,muac...] No lo conocía ni lo conozco, ni sé siquiera quién fue, quién es ni que será… bah, mejor. Como decía mi abuela: "Más vale malo conocido que... ¿cómo era?, ¿bueno por conocer?... mmm, no entiendo bien ese refrán. En fin, el tema es que no-lo-co-noz-co, nunca lo conocí.
    
     Después de veintisiete años de estar casada con este tipo, me he dado cuenta que no sé quién es. Veintisiete años y tres hijos; mejor dicho dos, porque la nena no es de él…y de Andresito no estoy muy segura. Pero Carlitos que fue el primero sí; porque el tipo éste (ahora es el tipo éste, antes era Carlos…) había sido mi primer hombre, hasta que nació Carlitos.
  
     
     —¡Te dije mil quinientas veces que no me gusta el repollo!
    
     —¡ Ma sí, terminala!... así que ahora no te gusta más el repollo, ¿eh?
     

     —¡Nunca me gustó...! ¡¿cómo te lo tengo que decir...?! ¿Sos tarada vos?
     
     —Ah, como antes te gustaba…
     

     —¡¡No,no,noooo, no me gustó nunca, nunca...!! ¿No ves que ni me conocés?
     
      —Tenés razón… y vos a mí tampoco.
     
    
      El ruido del disparo fue terrible. Una 12.70 en interiores hace una explosión tremenda.
     Y bueno, ahora por lo menos no le gritaría más. Hace tiempo que le venía rondando la idea, pero creyó que nunca se animaría. Hasta hoy.



Roman La Brando

02 mayo 2010

Apocalipsis de Solentiname


Abril de 1976


Los ticos son siempre así, más bien calladitos pero llenos de sorpresas, uno baja en San José de Costa Rica y ahí están esperándote Carmen Naranjo y Samuel Rovinski y Sergio Ramírez (que es de Nicaragua y no tico pero qué diferencia en el fondo si es lo mismo, qué diferencia en que yo sea argentino aunque por gentileza debería decir tino, y los otros nicas o ticos). 

Hacía uno de esos calores y para peor todo empezaba enseguida, conferencia de prensa con lo de siempre, ¿por qué no vivís en tu patria, qué pasó que Blow-Up era tan distinto de tu cuento, te parece que el escritor tiene que estar comprometido? A esta altura de las cosas ya sé que la última entrevista me la harán en las puertas del infierno y seguro que serán las mismas preguntas, y si por caso es chez San Pedro la cosa no va a cambiar, ¿a usted no le parece que allá abajo escribía demasiado hermético para el pueblo?

Después el hotel Europa y esa ducha que corona los viajes con un largo monólogo de jabón y de silencio. Solamente que a las siete cuando ya era hora de caminar por San José y ver si era sencillo y parejito como me habían dicho, una mano se me prendió del saco y detrás estaba Ernesto Cardenal y qué abrazo, poeta, qué bueno que estuvieras ahí después del encuentro en Roma, de tantos encuentros sobre el papel a lo largo de años. Siempre me sorprende, siempre me conmueve que alguien como Ernesto venga a verme y a buscarme, vos dirás que hiervo de falsa modestia pero decilo nomás viejo, el chacal aúlla pero el ómnibus pasa, siempre seré un aficionado, alguien que desde abajo quiere tanto a algunos que un día resulta que también lo quieren, son cosas que me superan, mejor pasamos a la otra línea.

La otra línea era que Ernesto sabía que yo llegaba a Costa Rica y dale, de su isla se había venido en avión porque el pajarito que le lleva las noticias lo tenía informado de que los ticas me planeaban un viaje a Solentiname y a él le parecía irresistible la idea de venir a buscarme, con lo cual dos días después Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec, cuyo nombre será siempre un enigma para mí pero que volaba entre hipos y borborigmos ominosos mientras el rubio piloto sintonizaba unos calipsos contrarrestantes y parecía por completo indiferente a mi noción de que el azteca nos llevaba derecho a la pirámide de lsacrificio. No fue así, como puede verse, bajamos en Los Chiles y de ahí un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urteche, a quien más gente haría bien en leer y en cuya casa descansamos hablando de tantos otros amigos poetas, de Roque Dalton y de Gertrude Stein y de Carlos Martínez Rivas hasta que llegó Luis Coronel y nos fuimos para Nicaragua en su yip y en su panga de sobresaltadas velocidades. Pero antes hubo fotos de recuerdo con una cámara de esas que dejan salir ahí nomás un papelito celeste que poco a poco y maravillosamente y polaroid se va llenando de imágenes paulatinas, primero ectoplasmas inquietantes y poco a poco una nariz, un pelo crespo, la sonrisa de Ernesto con su vincha nazarena, doña María y don José recortándose contra la veranda. A todos les parecía muy normal eso porque desde luego estaban habituados a servirse de esa cámara pero yo no, a mí ver salir de la nada, del cuadradito celeste de la nada esas caras y esas sonrisas de despedida me llenaba de asombro y se los dije, me acuerdo de haberle preguntado a Óscar qué pasaría si alguna vez después de una foto de familia el papelito celeste de la nada empezara a llenarse con Napoleón a caballo, y la carcajada de don José Coronel que todo lo escuchaba como siempre, el yip, vámonos ya para el lago.

A Solentiname llegamos entrada la noche, allí esperaban Teresa y William y un poeta gringo y los otros muchachos de la comunidad; nos fuimos a dormir casi enseguida pero antes vi las pinturas en un rincón, Ernesto hablaba con su gente y sacaba de una bolsa las provisiones y regalos que traía de San José, alguien dormía en una hamaca y yo vi las pinturas en un rincón, empecé a mirarlas. No me acuerdo quién me explicó que eran trabajos de los campesinos de la zona, ésta la pintó el Vicente, ésta es de la Ramona, algunas firmadas y otras no pero todas tan hermosas, una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza: vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar de donde va saliendo la gente como hormigas, el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa. Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo.

Al otro día era domingo y misa de once, la misa de Solentiname en la que los campesinos y Ernesto y los amigos de visita comentan juntos un capítulo del evangelio que ese día era el arresto de Jesús en el huerto, un tema que la gente de Solentiname trataba como si hablaran de ellos mismos, de la amenaza de que les cayeran en la noche o en pleno día, esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua sino de casi toda América Latina, vida rodeada de miedo y de muerte, vida de Guatemala y vida de El Salvador, vida de la Argentina y de Bolivia, vida de Chile y de Santo Domingo, vida del Paraguay, vida de Brasil y de Colombia.
 

Ya después hubo que pensar en volverse y fue entonces que pensé de nuevo en los cuadros, fui a la sala de la comunidad y empecé a mirarlos a la luz delirante de mediodía, los colores más altos, los acrílicos o los óleos enfrentándose desde caballitos y girasoles y fiestas en los prados y palmares simétricos. Me acordé que tenía un rollo de color en la cámara y salí a la veranda con una brazada de cuadros; Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor. Las casualidad es son así: me quedaban tantas tomas como cuadros, ninguno se quedó afuera y cuando vino Ernesto a decirnos que la panga estaba lista le conté lo que había hecho y él se rió, ladrón de cuadros, contrabandista de imágenes. Sí, le dije, me los llevo todos, allá los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que éstos, jodete.

Volví a San José, estuve en La Habana y anduve por ahí haciendo cosas, de vuelta a París con un cansancio lleno de nostalgia, Claudine calladita esperándome en Orly, otra vez la vida de reloj pulsera y merci monsieur, bonjour madame, los comités, los cines, el vino tinto y Claudine, los cuartetos de Mozart y Claudine. Entre tanta cosa que los sapos maletas habían escupido sobre la cama y la alfombra, revistas, recortes, pañuelos y libros de poetas centroamericanos, los tubos de plástico gris con los rollos de películas, tanta cosa a lo largo de dos meses, la secuencia de la Escuela Lenin de La Habana, las calles de Trinidad, los perfiles del volcán Irazú y su cubeta de agua hirviente verde donde Samuel y yo y Sarita habíamos imaginado patos ya asados flotando entre gasas de humo azufrado. Claudine llevó los rollos a revelar, una tarde andando por el barrio latino me acordé y como tenía la boleta en el bolsillo los recogí y eran ocho, pensé enseguida en los cuadritos de Solentiname y cuando estuve en mi casa busqué en las cajas y fui mirando el primer diapositivo de cada serie, me acordaba que antes de fotografiar los cuadritos había estado sacando la misa de Ernesto, unos niños jugando entre las palmeras igualitos a las pinturas, niños y palmeras y vacas contra un fondo violentamente azul de cielo y de lago apenas un poco más verde, o a lo mejor al revés, ya no lo tenía claro. Puse en el cargador la caja de los niños y la misa, sabía que después empezaban las pinturas hasta el final del rollo.

Anochecía y yo estaba solo, Claudine vendría al salir del trabajo para escuchar música y quedarse conmigo; armé la pantalla y un ron con mucho hielo, el proyector con su cargador listo y su botón de telecomando; no hacía falta correr las cortinas, la noche servicial ya estaba ahí encendiendo las lámparas y el perfume del ron; era grato pensar que todo volvería a darse poco a poco, después de los cuadritos de Solentiname empezaría a pasar las cajas con las fotos cubanas, pero por qué los cuadritos primero, por qué la deformación profesional, el arte antes que la vida, y por qué no, le dijo el otro a éste en su eterno indesarmable diálogo fraterno y rencoroso, por qué no mirar primero las pinturas de Solentiname si también son la vida, si todo es lo mismo.

Pasaron las fotos de la misa, más bien malas por errores de exposición, los niños en cambio jugaban a plena luz y díentes tan blancos. Apretaba sin ganas el botón de cambio, me hubiera quedado tanto rato mirando cada foto pegajosa de recuerdo, pequeño mundo frágil de Solentiname rodeado de agua y de esbirros como estaba rodeado el muchacho que miré sin comprender, yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante, el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles.

Se piensa lo que se piensa, eso llega siempre antes que uno mismo y lo deja tan atrás; estúpidamente me dije que se habrían equivocado en la óptica, que me habían dado las fotos de otro cliente; pero entonces la misa, los niños jugando en el prado, entonces cómo. Tampoco mi mano obedecía cuando apretó el botón y fue un salitral interminable a mediodía con dos o tres cobertizos de chapas herrumbradas, gente amontonada a la izquierda mirando los cuerpos tendidos boca arriba, sus brazos abiertos contra un cielo desnudo y gris; había que fijarse mucho para distinguir en el fondo al grupo uniformado de espaldas y yéndose, el yip que esperaba en lo alto de una loma.

Sé que seguí; frente a eso que se resistía a toda cordura lo único posible era seguir apretando el botón, mirando la esquina de Corrientes y San Martín y el auto negro con los cuatro tipos apuntando a la vereda donde alguien corría con una camisa blanca y zapatillas, dos mujeres queriendo refugiarse detrás de un camión estacionado, alguien mirando de frente, una cara de incredulidad horrorizada, llevándose una mano al mentón como para tocarse y sentirse todavía vivo, y de golpe la pieza casi a oscuras, una sucia luz cayendo de la alta ventanilla enrejada, la mesa con la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo, la sombra de espaldas metiéndole un cable entre las piernas abiertas, los dos tipos de frente hablando entre ellos, una corbata azul y un pull-over verde. Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco del más próximo un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte y alcancé a ver un auto que volaba en pedazos en pleno centro de una ciudad que podía ser Buenos Aires o São Paulo, seguí apretando y apretando entre ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca, de golpe la pantalla se llenó de mercurio y de nada y también de Claudine que entraba silenciosa volcando su sombra en la pantalla antes de inclinarse y besarme en el pelo y preguntar si eran lindas, si estaba contento de las fotos, si se las quería mostrar.

Corrí el cargador y volví a ponerlo en cero, uno no sabe cómo ni por qué hace las cosas cuando ha cruzado un límite que tampoco sabe. Sin mirarla, porque hubiera comprendido o simplemente tenido miedo de eso que debía ser mi cara, sin explicarle nada porque todo era un solo nudo desde la garganta hasta las uñas de los pies, me levanté y despacio la senté en mi sillón y algo debí decir de que iba a buscarle un trago y que mirara, que mirara ella mientras yo iba a buscarle un trago. En el baño creo que vomité, o solamente lloré y después vomité o no hice nada y solamente estuve sentado en el borde de la bañera dejando pasar el tiempo hasta que pude ir a la cocina y prepararle a Claudine su bebida preferida, llenársela de hielo y entonces sentir el silencio, darme cuenta de que Claudine no gritaba ni venía corriendo a preguntarme, el silencio nada más y por momentos el bolero azucarado que se filtraba desde el departamento de al lado. No sé cuánto tardé en recorrer lo que iba de la cocina al salón, ver la parte de atrás de la pantalla justo cuando ella llegaba al final y la pieza se llenaba con el reflejo del mercurio instantáneo y después la penumbra, Claudine apagando el proyector y echándose atrás en el sillón para tomar el vaso y sonreírme despacito, feliz y gata y tan contenta.

 —Qué bonitas te salieron, esa del pescado que se ríe y la madre con los dos niños y las vaquitas en el campo; espera, y esa otra del bautismo en la iglesia, decime quién los pintó, no se ven las firmas.

Sentado en el suelo, sin mirarla, busqué mi vaso y lo bebí de un trago. No le iba a decir nada, qué le podía decir ahora, pero me acuerdo que pensé vagamente en preguntarle una idiotez, preguntarle si en algún momento no había visto una foto de Napoleón a caballo. Pero no se lo pregunté, claro.


Cortázar, Julio

San José, La Habana, abril de 1976

Kümelen a los 6 meses


Kumelén con Loli y Baltasar

03 febrero 2010

Cachorro enfermo

¿Cómo saber si su cachorro está enfermo?


Los síntomas que  alertan que un cachorro está enfermo son los quejidos, posturas extrañas, falta de apetito, inmovilidad. Pueden venir acompañados de cojeras, vómitos, diarreas, mocos, tos, estornudos etc.

Otro síntoma muy importante es el estado del pelo del cachorro ya que si en los humanos los ojos son el espejo del alma en los perros el pelo es el espejo de la salud. Suele ser lo primero en resentirse si algo no funciona bien.