11 mayo 2009

"En Paz"

  

Miró hacia abajo tratando de medir la distancia que la separaba de esa madera. Se dio cuenta de que estaba agarrada a ella y tironeó un poco. Estaba muy bien sujeta, no conseguiría zafarse así nomás.
     
     Miró hacia arriba; ahí también había como un travesaño, un tirante de madera; a la derecha otro. ¡Y otro más a la izquierda! 
     
     Estaba encerrada. Hizo fuerza en todas direcciones. Nada; nunca se soltaría. Miró hacia atrás; vio entonces unos clavos negros, incrustados en esas vigas.

     —¿Qué me han hecho?  –dijo con su 'no voz'– ¿En qué me han convertido? Yo, que era quien cubría el cuerpito de ese Niño escondido. Que fui la que grabó el Rostro y envolvió por tres días el…

     
     —¡¿Qué han hecho conmigo?!
   

     Recordaba el viento jugando con sus flores azules. Antes, antes, antes…
    

     Aterrada, no se podía mover; miró hacia abajo. El piso estaría a un metro de distancia.
    —¿Y si salto?
    
    No logró moverse, apenas un movimiento diafragmático casi imperceptible. Silencio.

    La puerta se abrió de golpe. Sintió unos pasos firmes, unos roces como de trapos...
    Entonces lo vio. Y se quedó tranquila, en paz. Leonardo no podría hacerle ningún mal.




                                                                                 
Roman La Brando


                                                            

02 mayo 2009

"Juan"


                                     "Juan"

Estaba desvelado, las risas de las mujeres que hasta hace unas horas habían estado compartiendo la noche con nosotros seguían retumbando en mi cabeza. Era bastante desagradable esa sensación. Tratando de conciliar el sueño (¿conciliar? bah, dormirme es el término correcto), sentí como un burbujear, un murmullo que provenía de la cama del Negro.     

El Negro, mi amigo, mi compañero de departamento (o mejor dicho, mi compañero circunstancial de departamento). Me acerqué a su lado tratando de no hacer el mínimo ruido que lo despertase. Y entonces escuché.

Escuché por primera vez esas frases, esas frases que luego durante muchos años, muchos (y hasta ahora van más de treinta), seguirían en mi mente, como un signo, un oráculo o un sino indescifrable.
        —Si un díaa... fuera al revés... llegara la m... uerte an... tes toda la vi... da después...Luego de escucharlo, sentí una extraña sensación, algo desconocido. Sería acaso porque las palabras provenían de alguien que yacía dormido, con una expresión casi tanática, irreal.
        —Si un día fuera al revés... llegara la muerte antes... toda la vida después... (Parloteaba el Negro, mi amigo el Negro Juan)



                                                                    

Desde esa noche habrían pasado algo así como diez días.
El Negro dormía. El Negro dormía casi plácidamente. "Como un bebé", dirían las señoras mayores. Entonces sucedió.
        

       —Si un día fue... ra al revés... llegara la m...


Me acerqué inmediatamente a su lado. Estaba casi a oscuras el ambiente, el único ambiente de aquél minúsculo departamento que compartíamos tres. El Negro, Nando y yo. Como en esa época fumaba tenía siempre algo con que encender fuego. Para no prender la luz y despertarlo, con un  encendedor busqué sobre la mesa una lapicera y tomé una revista que estaba en el piso, busqué algún espacio en ella y ahí, ahí escribí por primera vez esa frase, esa frase que rebotaba en mi cerebro como un badajo, un inmenso badajo que golpeteaba de adentro hacia afuera: "Si un día fuera al revés..."


El Negro se quedó callado. Yo a su lado lo miraba esperando que abriese los ojos en cualquier momento. Nando, ni enterado estaba, pues dormía profundamente producto del alcohol y alguna experimental pastilla que habría ingerido. (Esto pertenece a otra historia).
El Negro seguía durmiendo y murmurando, hasta que, de repente escuché nítidamente esta frase: "... mmm que no hay hora más exacta que la de un tiempo cualquiera".Presuroso ante la inminencia epifánica,  tomé la lapicera  y escribí  la frase en un espacio en blanco de la revista. Me acerqué hasta su rostro para estar atento por si la repetía o decía algo más. Nada. Por esa noche ya había sido todo. Todo lo que el Negro diría.

  
Al otro día estuve pasando en limpio lo que había escuchado de boca del Negro Juan. Me parecía algo muy interesante y extraño a la vez. Precisamente tal vez por ser extraño me parecía interesante. Realmente me producía una rara y confusa sensación.
Juan era un tipo amable, cortés, amante de las artes, diletante de la pintura. Solía pasar horas haciendo pequeños dibujos los cuales llevaba a fotocopiar y ampliar hasta medidas descomunales, recortaba, pegaba y pintaba luego por encima. Tenía expresiones como: "¡Estamos en Rembrandt!", lo cual suponía una queja ante el desprecio de los entendidos  por las nuevas técnicas, de las cuales él era partícipe.



Una mañana le pregunté de quién eran las frases.
      —¿Cuáles frases? –inquirió en un extraño tono.
      —Si un día fuera al revés –le respondí.

      —Mmmm, no sé, ni idea –me dijo– es la primera vez que escucho eso... ¿por?
      —No, te preguntaba nada más, me pareció que la otra noche lo repetías dormido.
      

      —¿Yo?, ja ja... nooo, tal vez era Nando, yo no digo esas pavadas.
      —Puede ser –contesté– pero creí que eras vos.

     
Y así, así, pasaron varios meses. El Negro como una Flor Azteca y yo tomando nota. Incluso hasta me acomodaba, bebía o comía algo y esperaba; era casi como un juego ya. Hasta que no hubo más palabras. Cuando lo dí por  terminado, repasado y repensado, quedó así:

                              

               "Si un día fuera al revés,
                 llegara la muerte antes,
                 toda la vida después".

                                 
                 "Es así, quien lo dijera
                  que no hay hora más exacta
                  que la de un tiempo cualquiera".

                                 
                  "Mi destino ya se fue,
                   quiero vivir el recuerdo
                   del hombre que no seré".



Busqué afanosamente entre los libros que tenía el Negro en el departamento, tratando de determinar la autoría, el origen de esas enigmáticas y atrapantes palabras. El Negro leía a García Lorca, León Felipe, Cortázar, algo de Borges. Había un par de libros de Kierkegaard, de Hesse y después best sellers, varias novelitas y nada más. Nada de Lao-Tse, Stendhal, nada, ni una pista.

      
Durante años indagué, pregunté, pero nadie había escuchado o leído esas palabras. Es más, muchos me felicitaban y yo no renegaba ni negaba la autoría de las mismas. Me complacía ver como diversas personas relacionadas con el arte, la psicología y otros quehaceres humanísticos (y también alguna damisela a la que pretendí) adherían al contenido de esas frases, mayormente sin entender su significado.

 En varias oportunidades intenté ponerle un título: "Destiempo",  "OTempora", "Ser", etc. Pero ninguno me pareció adecuado. Era como  que lo cerraba, estructuraba e impedía elevarse y explotar tal como sucedía cuando lo leía e indagaba sin rótulo alguno.
      

Posteriormente con la llegada de la tecnología y la aparición de Internet, incursioné en los buscadores de la web, pero no obtuve ninguna referencia. Las que hoy existen determinarán que la autoría me pertenece, cosa que no es así. Pero como dije, no me preocupé por desmentir tal inmerecida adjudicación.

      
Gracias Negro Juan Ballesteros, donde quiera  que estés.  R.B.